domingo, 7 de mayo de 2017

A 23 SEGUNDOS DE SER INHUMANO

         

Monza ( Italia ) 7 de Mayo de 2017


ELIUD KIPCHOGE

A 23 s. DE SER INMORTAL

Esta madrugada, al alba, en el circuito de fórmula 1 de Monza, una veintena de fisiólogos, inventores, científicos, nutricionistas, biomecánicos, entrenadores, dietistas, meteorólogos, físicos nucleares y ejecutivos de empresa y decenas de millones de dólares de inversión intentaron derribar una de las barreras que parecen imposibles para el ser humano, correr una maratón (42.195 metros) en menos de dos horas. Debía ser el éxito de la tecnología, la ciencia y la planificación, pero de entre todos ellos surgió la figura del atleta, la celebración del potencial del ser humano, Eliud Kipchoge. El campeón olímpico no logró descender de las dos horas, el objetivo señalado, pero sus 2h y 23s le han convertido en la persona que más rápido ha corrido la distancia. La marca, que sería récord del mundo por 2m y 32s, no podrá ser homologada ni aceptada oficialmente, dadas las circunstancias que rodearon al intento, que contó con control antidopaje para los protagonistas y con jueces federativos para certificar el cronometraje y la distancia. La federación internacional de atletismo (IAAF) prohíbe que entren liebres de refresco para ayudar a los atletas y un coche ofreciendo rebufo a menos de 15 metros.
Kipchoge, de 32 años, pudo más que la ciencia, la tecnología, las zapatillas atómicas que Nike le ha elaborado, las 24 liebres que se relevaron a su alrededor y los dos atletas que le acompañaron en el intento, el eritreo Zersenay Tadese y el etíope Lelisa Desisa, quienes no aguantaron el ritmo exigido antes de la media maratón.
El maratón más rápido de la historia no fue una carrera abierta, sino una contrarreloj controlada en un circuito de 2,4 kilómetros. Las 24 liebres de que dispusieron los atletas se relevaron con precisión de tal manera que en todo momento había seis atletas frescos en formación de flecha (uno, dos tres, escalonados) abriendo el paso a los protagonistas. Por delante de ellos, a cinco metros, ofrecía rebufo un Tesla con una enorme pantalla en la baca que servía tanto para señalar el tiempo como para frenar el viento. A las 5.45, hora del comienzo, la temperatura era de 10 grados, el viento prácticamente nulo, el cielo estaba cubierto. Las condiciones eran ideales. Comenzaron a correr y era noche cerrada. Sobre el asfalto fino y regular del circuito, la luz de un láser que avanzaba les guiaba y les marcaba el ritmo de marcha, una velocidad nunca vista en un maratón: cada kilómetro lo debían recorrer en 2m 51s, los 5km en 14m 14s, cada 400m en 68s, cada milla, en 4m 34s... Velocidad media superior a los 21 kilómetros por hora. Cada cierto tiempo, un ayudante les servía bebidas especiales desde la cuneta, mientras dos entrenadores les perseguían sobre bicicletas eléctricas, gritándoles consignas a las liebres.
Hasta el kilómetro 35 la prueba era el éxito de la precisión y la planificación del proyecto. De la razón. Habían pasado la media maratón en 59m 57s, cinco segundos más rápido de lo planificado. Corrían las liebres y Kipchoge como metrónomos, sin cambios de ritmo, regulares, sin contorsiones ni gestos feos. La belleza de la plenitud atlética.
Ni siquiera cuando sufre cambia Kipchoge la zancada. Puede que la cara sí, puede que los gestos de su rostro, traicionen la fatiga que le invade o el dolor de las piernas, de los músculos a los que ya no llega alimento, de las articulaciones machacadas por 40.000 zancadas repetidas sobre asfalto, pese a la protección de las zapatillas, la espuma de las suelas, la placa de carbono elástica como un muelle en la entresuela. Kipchoge, su corazón, su voluntad, fue más fuerte que las zapatillas. Por el kilómetro 30 pasó en 1h 25m 20s, solo 1s por encima de lo previsto. A partir del kilómetro 35 (+5s, +18s en el 40) y hasta el final, hasta la última recta, en la que las liebres, comandadas por el gran Bernard Lagat, se apartaron para dejarle solo, la soledad del campeón, Kipchoge sufrió, pero no se descompuso. Corrió más lento pero no se hundió. Se descolgaba y recuperaba y volvía a soltarse. Sabía que las dos horas serían imposibles, pero continuó intentándolo hasta la última zancada. El hombre pudo con la máquina y mostró su grandeza. Fue la exaltación del esfuerzo en solitario. Nadie había corrido antes a ese ritmo. Nadie pensaba que sería posible mantener tanto tiempo ritmos de paso de 14m 14s cada cinco kilómetros. Ese fue su triunfo. Y también la demostración de que la barrera de las dos horas resistirá mucho tiempo antes de ser derribada en una carrera regular. La mejor marca de Kipchoge, hasta el momento, era de 2h 3m 5s.



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